¿Se puede acortar una oración sin dañarla?
Sí y no, y la diferencia importa.
- Las oraciones que la Iglesia reza como cuerpo no se recortan. El Padre Nuestro te lo dio Jesús palabra por palabra. El Ave María es Escritura. El Credo es lo que la Iglesia confiesa junta, y quitarle una línea es quitarle una verdad. Esas se rezan enteras, o se reza una parte sabiendo que es una parte.
- Las oraciones compuestas por santos sí admiten una versión breve. Fueron escritas por una persona para ayudar a otra a hablar con Dios. Guardar el corazón y soltar el adorno no las rompe.
- Y existe una tercera vía que la Iglesia inventó justo para esto: las jaculatorias. Frases de una línea, hechas para repetirse. No son oraciones mutiladas — son un género completo y antiguo, y son lo que rezaban los monjes del desierto cuando ya no podían más.
Así que la regla honesta es esta: no recortes una oración fija; cambia a una oración corta. Dios no te está midiendo las palabras. «No creáis que por hablar mucho vais a ser escuchados» — Mateo 6, 7.
Si estás pensando en hacerte daño, esto no basta y no tiene que bastar.
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Bloque uno
Las de siempre
Las que se rezan enteras. Si hoy no puedes con toda, reza una parte y di que es una parte — eso es honesto, y Dios prefiere lo honesto.
Padre Nuestro
La oración que Jesús enseñó cuando le pidieron que enseñara a orar.
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.
Si no puedes con toda
Padre nuestro… hágase tu voluntad.
No es una versión corta: es quedarte en una línea y repetirla. Muchos santos rezaron el Padre Nuestro así, una frase por noche, cuando no daban para más. Lo que no se hace es reescribirlo — es la única oración que Cristo dictó él mismo.
Ave María
Cuando necesitas una madre y no un juez.
Dios te salve, María, llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Si no puedes con toda
Santa María, Madre de Dios, ruega por mí.
La primera mitad es Escritura (el saludo del ángel y el de Isabel, Lucas 1). La segunda es la petición de la Iglesia. Rezar solo la segunda es pedir; no es mutilar.
Gloria al Padre
Para cerrar cualquier otra oración, o cuando solo quieres decir gracias.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ya es corta
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Diez segundos. Es la oración más breve que existe que ya está completa.
La Señal de la Cruz
Al empezar, al terminar, y cuando no sabes qué decir.
Por la señal de la santa cruz,
de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Si no puedes con toda
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Esa sola fórmula, con el gesto, ya es la señal de la cruz completa. Lo primero es un añadido devocional español.
Credo de los Apóstoles
Cuando no sientes la fe. Se reza justamente ahí: no dice «siento», dice «creo».
Creo en Dios, Padre todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo,
la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna. Amén.
Si no puedes con toda
Creo, Señor; pero aumenta mi fe.
Esto no es un Credo abreviado — es otra oración, y está en el Evangelio: «Creo, ayuda mi incredulidad» (Marcos 9, 24). El Credo no se recorta porque cada línea es una verdad distinta; pero nadie te obliga a rezarlo el día que no puedes.
La Salve
Cuando la vida se siente como un destierro. La oración lo dice con esa palabra.
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve.
A ti llamamos los desterrados hijos de Eva;
a ti suspiramos, gimiendo y llorando,
en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos;
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén.
Si no puedes con toda
Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos.
Es una oración medieval, no litúrgica en su origen; quedarte en la línea que te toca es un uso legítimo y antiguo.
Acto de Contrición
Antes de confesarte, o cuando el peso no te deja dormir.
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero,
Creador, Padre y Redentor mío:
por ser tú quien eres, Bondad infinita,
y porque te amo sobre todas las cosas,
me pesa de todo corazón haberte ofendido.
También me pesa que puedas castigarme
con las penas del infierno.
Ayudado de tu divina gracia
propongo firmemente nunca más pecar,
confesarme y cumplir la penitencia
que me fuere impuesta. Amén.
Versión corta
Dios mío, me pesa de todo corazón haberte ofendido, porque te amo sobre todas las cosas. Ayúdame a no ofenderte más.
Esta sí es una oración compuesta y admite versión breve; lo esencial es el dolor de haber ofendido y el propósito de no repetirlo. La Iglesia acepta un acto de contrición en tus propias palabras.
Ángel de la Guarda
Al acostarte. La primera oración que muchos aprendimos, y sigue sirviendo de adulto.
Ángel de la guarda, dulce compañía,
no me desampares ni de noche ni de día.
No me dejes solo, que me perdería. Amén.
Ya es corta
Ángel de la guarda, no me dejes solo.
Oración a San Miguel Arcángel
Cuando algo se siente más grande que tú. La escribió León XIII en 1886.
San Miguel Arcángel,
defiéndenos en la lucha.
Sé nuestro amparo contra la perversidad
y asechanzas del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes,
y tú, Príncipe de la milicia celestial,
arroja al infierno con el divino poder
a Satanás y a los otros espíritus malignos
que andan dispersos por el mundo
para la perdición de las almas. Amén.
Versión corta
San Miguel Arcángel, defiéndeme en la lucha. Sé mi amparo.
Es una oración compuesta por un Papa para uso devocional, no un texto litúrgico fijo. La versión breve conserva la petición entera.
Ven, Espíritu Santo
Antes de decidir algo. Antes de una conversación difícil. Antes de rezar.
Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía, Señor, tu Espíritu, y todo será creado,
y renovarás la faz de la tierra. Amén.
Ya es corta
Ven, Espíritu Santo.
Tres palabras. Es una de las jaculatorias más antiguas de la Iglesia.
Bajo tu amparo
La oración mariana más antigua que se conserva — hay un papiro egipcio del siglo III con este texto.
Bajo tu amparo nos acogemos,
santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades;
antes bien, líbranos de todo peligro,
¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita! Amén.
Ya es corta
Bajo tu amparo me acojo, santa Madre de Dios.
Alma de Cristo
Después de comulgar. San Ignacio la puso al principio de los Ejercicios Espirituales.
Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de ti.
Del enemigo maligno, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a ti,
para que con tus santos te alabe
por los siglos de los siglos. Amén.
Versión corta
Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de ti.
Es un himno medieval anónimo, no un texto fijo. Los dos versos del centro son los que casi todo el mundo se queda rezando.
El Acordaos (Memorare)
Cuando ya pediste y sientes que nadie contestó.
Acordaos, oh piadosísima Virgen María,
que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que han acudido a tu protección,
implorando tu asistencia y reclamando tu socorro,
haya sido abandonado de ti.
Animado con esta confianza, a ti acudo,
Madre, Virgen de las vírgenes,
y gimiendo bajo el peso de mis pecados
me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana.
¡Oh Madre de Dios!,
no desechéis mis súplicas;
antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.
Versión corta
Acordaos, Virgen María: nunca se ha oído decir que hayas abandonado a quien acude a ti. A ti acudo.
Oración atribuida a San Bernardo, devocional. La versión breve guarda el argumento entero: tu historial, Madre, es que no fallas.
Oración de la Serenidad
Cuando estás peleando con algo que no depende de ti. La escribió Reinhold Niebuhr; los grupos de recuperación la hicieron famosa.
Dios, concédeme serenidad
para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
valor para cambiar las que sí puedo,
y sabiduría para reconocer la diferencia. Amén.
Ya es corta
Dios, dame serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar.
Eterno descanso
Por alguien que se fue. Se puede rezar todos los días, y muchos lo hacen.
Dale, Señor, el descanso eterno,
y brille para él (ella) la luz perpetua.
Descanse en paz. Amén.
Ya es corta
Dale, Señor, el descanso eterno.
Bloque dos
Para lo que estás pasando
Estas las escribimos aquí, para este sitio. No se las atribuimos a ningún santo — son palabras nuestras puestas a tu disposición, con Escritura debajo. Úsalas, cámbialas, o quédate solo con la línea que te sirva.
Oración para la ansiedad
Cuando el pecho va más rápido que la vida.
Señor, mi cuerpo está en alarma
y no encuentro el peligro.
Tú sabes que no lo escogí,
y sabes que no es falta de fe.
Quédate conmigo dentro del ruido.
No te pido que me quites la alarma ahora mismo;
te pido que no me sueltes mientras baja.
Tú estuviste en Getsemaní, y sudaste sangre.
Sabes lo que es esto por dentro. Amén.
Versión corta
Señor, quédate conmigo mientras baja.
«Descargad en él todas vuestras preocupaciones, porque él cuida de vosotros» — 1 Pedro 5, 7.
Oración en un ataque de pánico
Ahora mismo. Léela despacio, una línea por respiración.
Jesús, estoy aquí.
Esto pasa. Esto siempre pasa.
No me estoy muriendo; estoy asustado.
Tú estás aquí, y yo estoy aquí.
Jesús. Jesús. Jesús. Amén.
Versión corta
Jesús, ten piedad de mí. (Y otra vez. Y otra vez.)
La repetición no es magia: es lo que hace la oración del corazón desde hace mil quinientos años, y de paso le da al cuerpo un ritmo al que agarrarse.
Oración para cuando no puedes dormir
Las tres de la mañana. Ese lugar.
Señor, ya intenté todo
y sigo despierto.
Tú velas cuando yo no puedo.
Te entrego esta noche entera,
las horas que quedan y lo que voy a poder mañana.
Que mi cuerpo descanse aunque mi cabeza no quiera.
Y si no duermo, que no esté solo. Amén.
Versión corta
Señor, vela tú, que yo ya no puedo.
«En paz me acuesto y en seguida me duermo, pues tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo» — Salmo 4, 9.
Oración en la depresión
Cuando no es tristeza: es que no hay nada.
Dios mío, hoy no siento nada,
y no sé si eso te ofende.
No puedo prometerte fervor.
Puedo prometerte que estoy aquí,
diciendo tu nombre sin sentirlo.
Que eso cuente.
Y dame fuerzas para pedir la ayuda que necesito,
porque buscarla no es rendirme:
es cuidar la vida que tú me diste. Amén.
Versión corta
Estoy aquí, Señor. Que eso cuente.
La depresión es una enfermedad y tiene tratamiento. Esta oración no lo reemplaza — te acompaña mientras lo buscas.
Oración cuando sientes que Dios se calló
La sequedad. Lo que San Juan de la Cruz llamó la noche oscura.
Señor, no te siento,
y ya no sé si es culpa mía.
Oro y parece que hablo con una pared.
Pero Tú mismo gritaste desde la cruz
«¿por qué me has abandonado?»,
y el Padre no te había abandonado.
Si el Hijo de Dios pudo sentirse solo,
mi vacío no es la prueba de que te fuiste.
Quédate en el silencio.
Yo me quedo también. Amén.
Versión corta
No te siento, Señor, y me quedo igual.
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» — Mateo 27, 46.
Oración para la culpa que no se va
Cuando ya te confesaste y sigues cargándolo.
Señor, ya te lo dije y ya me perdonaste,
y sigo pagando una deuda que Tú cancelaste.
Enséñame a distinguir
la voz que me corrige de la voz que me destruye.
La tuya me llama por mi nombre.
La otra solo repite lo mismo.
No quiero seguir crucificándome
en la cruz de la que Tú ya bajaste. Amén.
Versión corta
Ya me perdonaste, Señor. Enséñame a creerlo.
«Ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús» — Romanos 8, 1.
Oración del que no puede orar
Cuando abres la boca y no sale nada.
Señor, no me salen las palabras.
San Pablo dijo que cuando no sabemos pedir,
tu Espíritu pide dentro de nosotros
con gemidos que no se pueden decir.
Pues eso. Que pida él.
Yo pongo el cuerpo y el silencio. Amén.
Versión corta
Espíritu Santo, pide tú por mí.
«El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, pues no sabemos pedir como conviene» — Romanos 8, 26.
Oración por alguien que está en la oscuridad
Un hijo, una pareja, un amigo que no está bien y no te deja entrar.
Señor, yo no puedo entrar donde está.
Tú sí.
Cuídalo esta noche.
Ponle una persona en el camino
a la que sí le pueda decir la verdad.
Y a mí dame paciencia para quedarme
sin exigirle que mejore a mi ritmo.
Que no confunda mi cansancio con su culpa. Amén.
Versión corta
Señor, entra tú donde yo no puedo.
Oración antes de una cita con el psicólogo o el psiquiatra
En la sala de espera.
Señor, gracias porque también aquí estás.
Tú curaste con barro y con saliva;
no despreciaste los medios.
Dale claridad a quien me va a escuchar
y honestidad a mí para decir la verdad completa.
Que este rato sirva.
Y quítame la vergüenza:
venir aquí no me hace menos creyente. Amén.
Versión corta
Señor, que este rato sirva. Dame honestidad para decirlo todo.
Oración en el duelo
Cuando falta alguien y todo lo demás sigue igual, y eso ofende.
Señor, se fue,
y el mundo tuvo el descaro de seguir.
No te voy a decir que lo entiendo.
Te voy a decir que confío,
que es distinto y me cuesta más.
Guárdalo en tu misericordia.
Y a mí no me apures el luto:
Tú también lloraste ante una tumba. Amén.
Versión corta
Guárdalo, Señor. Y a mí no me apures.
«Jesús se echó a llorar» — Juan 11, 35. Es el versículo más corto del Evangelio, y está en un funeral.
Oración para el miedo
Cuando lo que viene te está pesando más que lo que hay.
Señor, tengo miedo,
y no de algo concreto que pueda resolver.
No te pido que me lo quites de golpe.
Te pido que camines dentro de él conmigo,
y que si mañana llega lo que temo,
llegues Tú primero. Amén.
Versión corta
Señor, si llega, llega Tú primero.
«No temas, que yo estoy contigo» — Isaías 41, 10.
Oración para soltar el control
Cuando llevas horas dándole vueltas a algo que no está en tus manos.
Señor, llevo todo el día
arreglando en mi cabeza algo que no depende de mí.
Te lo entrego —
y sé que en diez minutos lo voy a recoger otra vez.
Está bien. Te lo entrego otra vez.
Y otra. Tantas veces como haga falta. Amén.
Versión corta
Te lo entrego otra vez, Señor.
Oración del cansancio
No el sueño: el otro cansancio.
Señor, estoy cansado
de una manera que dormir no arregla.
Tú dijiste: venid a mí los que estáis cansados y agobiados,
y yo os aliviaré.
Vengo. No traigo nada más.
Aquí me quedo un rato, callado. Amén.
Versión corta
Vengo, Señor. No traigo nada más.
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» — Mateo 11, 28.
Oración de la mañana cuando no quieres levantarte
Antes de mirar el teléfono.
Señor, hoy no tengo ganas.
Te ofrezco eso mismo: el día sin ganas.
No te prometo hacerlo bien.
Te prometo empezarlo contigo.
Ayúdame con lo primero.
Después vemos lo segundo. Amén.
Versión corta
Señor, ayúdame con lo primero.
Para orar despacio
Oraciones para escuchar
Más largas, para rezarlas despacio o escucharlas con los ojos cerrados. Las escribimos para el canal y aquí van completas, sin la introducción del video. Toca «Escuchar» y ora al paso de la voz.
Oración para la ansiedad en la madrugada
Si despertaste a las tres de la mañana y la mente no para.
Señor Jesús, aquí estoy,
despierto cuando todos duermen.
Tú conoces esta hora.
Tú también pasaste noches enteras en vela,
orando en el monte.
La casa está en silencio,
pero mi mente no.
Vengo a Ti como estoy:
con el pecho inquieto
y los pensamientos dando vueltas.
El Salmo ciento veintiuno dice
que el que me cuida no duerme.
Tú estás despierto conmigo, Señor.
Esta noche no la velo solo.
Toma cada pensamiento que me asalta
y ponlo en tus manos.
Lo que tenga solución,
la tendrá mañana, con tu ayuda.
Lo que no depende de mí,
te lo entrego ahora.
Cúbreme con tu paz,
esa paz que tu palabra llama
la paz que sobrepasa todo entendimiento.
Quédate a mi lado
hasta que el sueño vuelva.
Y si no vuelve,
quédate igual.
Jesús, en Ti confío.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración para cuando no sientes nada al orar
Cuando orar se siente como hablarle al techo.
Señor, vengo a orar
sin ganas de orar.
No siento tu presencia.
No siento nada.
Y aun así estoy aquí,
y eso también es fe.
Tú viste a los santos
pasar por esta misma sequedad.
San Juan de la Cruz la llamó
la noche oscura.
Si esta noche es tuya, Señor,
hágase tu voluntad.
Yo no te pido sentir.
Te pido permanecer.
Que mi oración seca
valga delante de Ti
como valió la de tu Hijo en Getsemaní,
cuando oró con el alma triste hasta la muerte
y el cielo guardó silencio.
Acoge estos minutos como son:
sin música por dentro,
pero contigo.
Yo no me voy, Señor.
Aunque no sienta nada,
no me voy.
Jesús, en Ti confío.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración para dormir en paz cuando la angustia no te deja
Para la cama, con la luz apagada.
Padre bueno,
el día terminó,
y yo no he terminado con el día.
Me acuesto,
y la angustia se acuesta conmigo.
Esta noche te la entrego.
El Salmo cuatro dice:
"En paz me acuesto y en seguida me duermo,
porque solo Tú, Señor,
me haces vivir confiado."
Hazme vivir confiado esta noche.
Afloja mis hombros.
Calla la voz de lo pendiente
y la voz del mañana.
Mañana también estarás Tú,
y con eso me basta.
Cuida a los míos mientras duermen.
Cuídame a mí,
que me cuesta.
Y si despierto en la madrugada,
que despierte contigo.
Todo por Ti, Señor.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración para cuando estás cansado de pedir lo mismo
Cuando llevas meses pidiendo y el cielo parece callado.
Señor, Tú sabes lo que te voy a decir
antes de que lo diga.
Es lo mismo de siempre.
Lo he pedido tantas veces
que me da pena volverlo a pedir.
Pero tu Hijo dijo
que hay que orar siempre, sin cansarse.
Está en San Lucas, capítulo dieciocho.
Así que aquí estoy otra vez.
No sé por qué la respuesta no llega.
No entiendo tus tiempos.
Pero hoy no vengo solo a pedir.
Vengo a decirte que sigo aquí.
Que la espera
no me ha sacado de tu casa.
Dame fuerza para esperar
sin amargura.
Y si tu respuesta es distinta
de la que pido,
prepara mi corazón para acogerla.
Yo no suelto tu mano, Señor.
Aunque tarde,
no la suelto.
Hágase tu voluntad,
como en el cielo,
así también en la tierra.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración para calmar la mente que no se detiene
Cuando los pensamientos dan vueltas sin parar.
Espíritu Santo,
mi mente no encuentra pausa.
Da vueltas sobre lo mismo,
y cada vuelta pesa más.
Yo no puedo apagarla,
pero Tú sí puedes habitarla.
Entra en mis pensamientos
como Jesús entró en la barca
cuando el viento estaba en contra.
Y dile a mi tormenta
lo que Él le dijo al mar:
"Calla. Enmudece."
San Pablo escribió:
"No se inquieten por nada;
presenten a Dios sus necesidades
con oración y acción de gracias."
Filipenses, capítulo cuatro.
Eso hago ahora.
Te presento, uno por uno,
los pensamientos que me dan vueltas.
Este miedo, tómalo.
Esta duda, tómala.
Este pendiente, tómalo Tú.
Y a cambio, dame tu paz,
que cuida el corazón y la mente.
Piensa Tú en mí, Señor,
mientras yo aprendo
a pensar en Ti.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración para la ansiedad fuerte, cuando el pecho se aprieta
Se reza despacio, al compás de la respiración.
Toma aire despacio,
y di por dentro:
"Jesús."
Suelta el aire despacio:
"ten piedad de mí."
Otra vez.
"Jesús..."
"...ten piedad de mí."
Señor, mi cuerpo está dando la alarma
sin que haya fuego.
Tú lo sabes.
Tú me formaste.
No me juzgas por esto,
me sostienes en esto.
Quédate conmigo mientras pasa.
Porque esto pasa, Señor.
Ha pasado antes,
y va a pasar ahora.
Tu palabra dice:
"No temas, porque Yo estoy contigo;
no desmayes, porque Yo soy tu Dios
que te da fuerzas."
Isaías, capítulo cuarenta y uno.
Aire adentro: "Jesús."
Aire afuera: "ten piedad de mí."
Poco a poco, tu paz.
Poco a poco, tu calma.
Gracias
porque no me sueltas.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración de la mañana cuando amaneces con miedo al día
Antes de tomar el teléfono.
Padre, amaneció,
y el día ya me pesa
antes de empezarlo.
Pero tu palabra dice
que tus misericordias
son nuevas cada mañana.
Lamentaciones, capítulo tres.
Nuevas.
También hoy.
También para mí.
Yo no tengo fuerzas
para todo el día,
y no las necesito.
Necesito fuerzas para esta hora.
Y luego, para la que sigue.
Dame el pan de hoy,
como Tú enseñaste.
Solo el de hoy.
El mañana tiene su propio afán,
y ese te lo dejo a Ti.
Camina delante de mí
en cada cosa que me espera.
Que yo llegue,
y Tú ya estés ahí.
Todo por Ti, Señor.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración para soltar la culpa que no te deja en paz
Cuando la culpa no te deja descansar.
Señor, hay algo
que no me deja en paz.
Ya te lo confesé.
Ya te pedí que me lo quites.
Y sin embargo, mi corazón
me lo sigue cobrando.
Pero tu palabra dice algo inmenso:
"Aunque nuestro corazón nos condene,
más grande que nuestro corazón es Dios."
Primera de San Juan, capítulo tres.
Tú eres más grande que mi corazón, Señor.
Más grande que mi memoria.
Más grande que esa voz
que me acusa de noche.
Si Tú ya no me condenas,
¿quién soy yo
para condenarme?
Hoy suelto
lo que Tú ya soltaste.
Y cada vez que la culpa
vuelva a tocar la puerta,
la vas a atender Tú.
No yo.
Gracias por tu misericordia,
que no se cansa de mí.
Jesús, en Ti confío.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración para cuando sientes que ya no puedes más
Si estás en peligro, llama al 911. Si tienes pensamientos de hacerte daño, llama o escribe al 988.
Jesús, Tú lo dijiste:
"Vengan a mí
todos los que están cansados y cargados,
y yo los haré descansar."
San Mateo, capítulo once.
Aquí estoy.
Cansado y cargado.
No vengo con palabras bonitas.
Vengo como puedo.
Hoy no te pido
que me quites la vida que tengo.
Te pido hombro
para llevarla.
Cárgala conmigo, Señor.
Tú, que llevaste un madero
que no era tu culpa,
entiendes el peso
que llevo yo.
Dame descanso de verdad:
el del cuerpo
y el del alma.
Ponme cerca de personas
que me hagan bien.
Y dame la humildad
de dejarme ayudar.
Contigo, un día a la vez.
Contigo, un paso a la vez.
Jesús, manso y humilde de corazón,
haz mi corazón
semejante al tuyo.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración por ti, que cuidas de un enfermo y estás agotado
Para el que cuida a otro y nadie le pregunta cómo está.
Padre, Tú me ves.
Ves las noches en vela.
Ves las citas médicas.
Ves la paciencia que se me acaba,
y la culpa
cuando se me acaba.
Amo a quien cuido.
Y aun así, estoy cansado.
Las dos cosas son verdad,
y Tú lo entiendes.
Tu Hijo también se apartaba a descansar,
y no por eso amaba menos.
Dame fuerza cada día,
porque esto no es tarea de un día.
Cuida Tú
lo que yo no alcanzo a cuidar.
Sana Tú
lo que yo no puedo sanar.
Y no te olvides de mí,
que sostengo
sin que me sostengan.
Manda a alguien
que me pregunte cómo estoy.
Y mientras llega,
pregúntamelo Tú
cada mañana.
María, que estuviste de pie
junto a la cruz,
cuidando con el alma,
acompáñame.
Todo por amor, Señor.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración por un hijo enfermo
Si tu hijo está enfermo y llevas semanas sosteniendo la casa con las manos temblando, esta oración es para ti. No promete un milagro a cambio de fe suficiente. Te acompaña a pedir, y a pedir también por ti.
Padre bueno,
vengo a Ti por mi hijo.
No traigo palabras bonitas.
Traigo miedo.
En el Evangelio,
un padre como yo
te trajo a su hijo enfermo
y te dijo la verdad:
«Creo, Señor;
ayuda mi poca fe».
San Marcos, capítulo nueve.
Eso mismo te digo yo esta noche.
Creo.
Y también dudo.
Ayúdame con las dos cosas.
Señor Jesús,
Tú tocaste enfermos con tus manos.
Pon esas manos hoy
sobre el cuerpo de mi hijo.
Sobre lo que duele
y sobre lo que todavía no tiene nombre.
Bendice a los que lo atienden.
A los médicos,
a las enfermeras,
a los que llegan de madrugada
cuando yo ya no puedo más.
Tú también sanas por manos humanas,
y te doy gracias por cada una.
Dame fuerza para el turno de hoy.
No para toda la enfermedad.
Para hoy.
Y si hoy me toca esperar sin señal,
que sepa esperar
sin soltarle la mano.
Y dame paciencia con los demás.
Con mi pareja, que también está cansada.
Con mis otros hijos,
que llevan meses en segundo lugar
sin haber hecho nada malo.
Que esta enfermedad
no se lleve por delante
a toda la casa.
Santa María,
tú viste sufrir a tu Hijo
y no te fuiste.
Te quedaste de pie.
Enséñame a quedarme de pie.
Y Señor,
te pido algo que casi nunca me atrevo a pedir.
Cuídame a mí.
Estoy cansado.
Duermo poco.
Me he vuelto fuerte por fuera
y por dentro estoy hecho pedazos.
No dejes que me pierda a mí mismo
mientras cuido a quien amo.
Todo por Ti, Señor.
Todo en tus manos.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración cuando estás triste y angustiado
Para la noche en que la tristeza y la angustia llegan juntas y no sabes cuál de las dos te está apretando. Una oración que no te pide fingir que estás bien.
Señor,
no vengo bien.
Y ya me cansé
de venir fingiendo que sí.
El salmo cuarenta y dos
dice lo que yo siento:
«¿Por qué te acongojas, alma mía?
¿Por qué te agitas dentro de mí?».
Ese soy yo.
Acongojado y agitado.
Y aun así,
el salmo termina diciendo:
«Espera en Dios».
Enséñame a esperar
sin entender.
Jesús,
Tú en el huerto dijiste:
«Mi alma está triste hasta la muerte».
San Mateo, capítulo veintiséis.
Tú sabes lo que es esto.
No me estás mirando desde lejos.
Estuviste aquí,
en este mismo suelo,
sudando angustia.
Por eso te lo puedo contar
sin adornos.
Me duele lo que perdí.
Me asusta lo que viene.
Y hay días en que no sé
cuál de los dos me está ganando.
Señor,
no te pido que me quites el sentimiento
como quien apaga una luz.
Te pido tu compañía dentro de él.
Afloja mi pecho.
Baja la velocidad de mi cabeza.
Que tome aire despacio.
Y que en ese aire
quepa tu nombre.
Jesús,
ten piedad de mí.
Jesús,
ten piedad de mí.
Y si esta tristeza lleva demasiado tiempo,
dame la humildad de decirlo
en voz alta,
delante de alguien
que pueda ayudarme.
Pedir ayuda
no es desconfiar de Ti.
Muchas veces
es la forma en que Tú ayudas.
Todo por Ti, Señor.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración cuando te sientes triste y solo
Para la soledad que no se arregla con gente alrededor. Una oración para el que está rodeado y aun así se siente solo.
Señor,
me siento solo.
Lo digo aquí
porque afuera no me sale.
En el salmo veinticinco
alguien antes que yo
se atrevió a decírtelo así:
«Mírame, ten piedad de mí,
que estoy solo y afligido».
Mírame a mí.
Jesús,
Tú prometiste algo
que hoy necesito de verdad:
«No los dejaré huérfanos.
Volveré a ustedes».
San Juan, capítulo catorce.
Entonces vuelve.
A esta hora.
A este cuarto.
No te pido una señal espectacular.
Te pido compañía.
Y Señor,
sáname por dentro
de lo que me hizo así.
De las veces que hablé
y nadie escuchó.
De las veces
que preferí callarme
para no molestar.
De la costumbre de cargarlo todo solo
para que nadie me vea débil.
Quítame esa costumbre.
Me está costando cara.
Ponme delante
una persona segura.
Una sola.
Y dame el valor
de decirle la verdad
cuando me pregunte cómo estoy.
Y quítame de las manos
lo que uso para tapar esto.
El teléfono a las dos de la mañana.
La pantalla que me entretiene
y me deja más vacío.
Eso no me acompaña.
Solo me anestesia.
Enséñame también
a ser esa persona para otro.
Porque en esta ciudad
hay mucha gente
sentada como yo,
esperando que alguien pregunte.
Que yo pregunte.
Señor,
Tú estás en el sagrario
a esta misma hora,
en silencio,
esperando.
Nunca estoy tan solo
como me siento.
Todo por Ti, Señor.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración para calmar la ira y el enojo
Para el enojo que ya te asustó a ti mismo. Una oración para el que no quiere volver a hablarle así a la gente que ama.
Señor,
hoy me ganó la ira.
No vengo a justificarme.
Vengo a ponerla delante de Ti,
porque si la sigo guardando
va a salir otra vez
por donde no debe.
San Pablo escribió:
«Si se enojan, no pequen;
que el sol no se ponga
sobre su enojo».
Carta a los Efesios, capítulo cuatro.
No me pide no sentir.
Me pide no dejarla dormir conmigo.
Entonces hoy no la dejo dormir.
Te la entrego.
Jesús,
Tú también te enojaste.
Volteaste las mesas en el templo.
Tu ira no hirió a los débiles;
defendió lo santo.
La mía no.
La mía cae sobre los míos,
que son los que menos culpa tienen.
Enséñame la diferencia.
Señor,
debajo de mi ira
hay otra cosa.
Tú la ves aunque yo la esconda.
A lo mejor es miedo.
A lo mejor es cansancio.
A lo mejor es una herida vieja
que nunca dejé que sanara.
Bájame hasta ahí.
Y cúrame ahí,
no solo en la superficie.
Santiago escribió:
«Sé pronto para escuchar,
lento para hablar,
lento para la ira».
Hazme lento, Señor.
Tres segundos más lento.
Con eso basta
para no decir lo que ya no se puede deshacer.
Y dame el valor de dar la cara.
De decir, sin excusas:
me equivoqué,
perdóname.
Que mis hijos no aprendan de mí
a tener miedo en su propia casa.
Dame un corazón de carne, Señor.
El de piedra ya lo probé
y no funciona.
Todo por Ti.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración para casos difíciles y desesperados
Para cuando ya intentaste todo y no queda plan. Una oración honesta, sin promesas mágicas, para el que está al borde.
Dios mío,
esto me queda grande.
No vengo a negociar contigo.
Vengo porque no me queda a quién más ir.
El ángel le dijo a María:
«Para Dios nada hay imposible».
San Lucas, capítulo uno.
Yo quiero creer eso hoy.
Ayúdame a creerlo
sin mentirme.
Señor,
Tú sabes exactamente
cuál es mi caso.
No hace falta que te lo explique bien.
Tú ves el papel que no llega.
La deuda que no baja.
La enfermedad que no cede.
La persona que no vuelve.
El trabajo que no aparece.
Pon tu mano ahí.
Y si la salida que yo pedí
no es la salida,
ábreme la que Tú ves
y yo todavía no.
San Judas Tadeo,
apóstol de Cristo,
a ti te encomienda la Iglesia
las causas difíciles.
Intercede por la mía.
No porque yo lo merezca.
Porque lo necesito.
Y gracias, Señor,
por los que ya me ayudaron
sin que yo se los pidiera.
Por el que me prestó.
Por el que me llamó.
Por el que no me juzgó
cuando le conté la verdad.
Págales Tú
lo que yo no puedo pagarles.
Señor,
mientras llega lo que pedí,
sostenme a mí.
Que no me vuelva amargo.
Que no me lleve por delante
a la gente que me quiere.
Que no haga, por desesperación,
algo que mañana no pueda deshacer.
Dame lo de hoy.
Solo lo de hoy.
El pan de hoy,
como Tú mismo enseñaste a pedir.
Y si hoy solo alcanza
para levantarme y seguir,
dame eso,
y me basta.
Todo en tus manos, Señor.
Yo ya no puedo cargarlo solo.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración por la familia
Una oración por tu casa tal como está hoy, con lo bueno y con lo que está roto. Sin fingir que la familia perfecta existe.
Señor,
te traigo mi casa
como está hoy.
No la que quisiera enseñar.
La que tengo.
Josué dijo delante de todos:
«Yo y mi casa
serviremos al Señor».
Yo quiero decir lo mismo,
aunque mi casa
todavía no esté de acuerdo.
Bendice a cada uno por su nombre.
Tú los sabes.
Yo los digo en silencio ahora.
Al que está lejos,
acércalo.
Al que está enojado,
ablándalo.
Al que está enfermo,
sánalo.
Al que está callado,
dale palabras.
Y al que no quiere saber de Ti,
no lo sueltes.
Sagrada Familia de Nazaret,
ustedes también tuvieron noches difíciles.
Huyeron de noche con un niño.
Perdieron a ese niño tres días
y lo buscaron con el corazón en la mano.
No fue una familia sin problemas.
Fue una familia con Dios en medio.
Pon a Dios en medio de la mía.
Señor,
sana lo que se hereda.
Corta lo que viene de atrás
y sigue haciendo daño:
el grito,
el silencio,
el trago,
la costumbre de no decir «te quiero».
Que conmigo se acabe
lo que no debe pasar
a la próxima generación.
Y dame paciencia, Señor.
Sobre todo con el que más me cuesta.
Que casi siempre
es el que más lo necesita.
Que en esta casa
haya perdón antes de dormir,
y que cada uno sepa
que aquí tiene su lugar.
Todo por Ti, Señor.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración para los hijos
Para el padre o la madre que ya no puede resolverles todo. Una oración para soltarlos en las manos de Dios sin dejar de amarlos.
Señor,
te traigo a mis hijos.
Los cargué cuando eran pequeños.
Hoy pesan más de lo que mis brazos aguantan,
y ya no se dejan cargar.
En el Evangelio,
la gente te llevaba a los niños,
y Tú los abrazabas
y los bendecías,
poniendo las manos sobre ellos.
San Marcos, capítulo diez.
Haz hoy eso mismo.
Pon tus manos sobre ellos,
porque las mías ya no llegan.
Cuídalos donde yo no veo.
En el teléfono.
En la calle.
En la amistad que no me gusta.
En la noche en que no contestan.
Y si tienen que aprender algo a golpes,
que el golpe no sea mortal.
Señor,
sana lo que yo les hice sin querer.
Las veces que grité.
Las veces que no estuve.
Las veces que les exigí
lo que yo mismo no daba.
Perdóname
y sánalo Tú,
que sabes componer
lo que nosotros dañamos.
Dame humildad para pedirles perdón
y dame boca para decirles
lo que nunca me dijeron a mí:
estoy orgulloso de ti,
y te quiero aunque no hagas nada.
Y si uno de ellos está mal,
y no me lo cuenta,
abre esa puerta, Señor.
Que encuentre a alguien
a quien sí pueda decírselo.
Que sepan que en mi casa
se puede llegar sin brillar.
Santa María, madre,
tú también viste sufrir a tu Hijo
sin poder evitarlo.
Enséñame a estar cerca
sin ahogarlos.
Todo por Ti, Señor.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración cuando estás enfermo
Para el que está enfermo y ya se cansó de que le digan que le falta fe. Una oración que pide sanación y también pide fuerza mientras no llega.
Señor,
estoy enfermo
y estoy cansado de estarlo.
Vengo a Ti sin fingir mejoría.
La Escritura dice:
«Hijo, en tu enfermedad
no seas negligente;
ora al Señor
y Él te sanará».
Y en la misma página dice:
honra al médico,
porque también a él
lo puso Dios.
Las dos cosas, Señor.
Oro
y me atiendo.
Y ninguna de las dos
te ofende.
Jesús,
Tú tocabas a los enfermos.
No los curabas desde lejos
para no ensuciarte.
Te acercabas.
Acércate hoy.
Pon tu mano donde duele.
Y si la sanación viene despacio,
acompáñame en la espera
sin que yo me amargue.
Santiago escribió:
«¿Está enfermo alguno de ustedes?
Que llame a los presbíteros de la Iglesia».
Dame la humildad de pedirlo.
De no aguantar callado
por no molestar.
Señor,
sana también lo que la enfermedad me hizo por dentro.
El miedo a la próxima cita.
El coraje de ver a otros sanos.
La vergüenza de depender.
Las ganas de desaparecer
para no ser carga de nadie.
Nunca has visto a nadie
como una carga.
Enséñame a verme
como Tú me ves.
Y bendice a quien me cuida.
Al que me lleva,
al que me espera,
al que se levanta de noche por mí.
Dale a él lo que a mí me falta.
Si me devuelves la salud,
que la use mejor que antes.
Y si este cuerpo no vuelve a ser el de antes,
que igual te sirva.
Todo por Ti, Señor.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración cuando alguien muere
Para las primeras noches después de una muerte. Una oración por quien se fue y por ti, que te quedaste.
Señor,
se me fue.
No vengo conforme.
Vengo deshecho.
San Pablo escribió
que no nos aflijamos
como los que no tienen esperanza.
No dijo que no nos aflijamos.
Dijo que la nuestra
tiene otra cosa dentro.
Dame esa otra cosa hoy,
porque la esperanza
no se me está viendo por ninguna parte.
Dale, Señor, el descanso eterno,
y brille para él
la luz perpetua.
Que descanse en paz.
Perdona lo que haya que perdonar.
Acógelo con la misericordia
que Tú tienes
y que nosotros ni imaginamos.
Y ahora ocúpate de mí, Señor,
que me quedé de este lado.
Me duele el cuerpo de llorar.
Se me olvidan las cosas.
Me enojo con quien no tiene culpa.
Y por momentos se me va la fe.
Nada de eso te escandaliza.
Jesús lloró delante de la tumba de su amigo.
Si Tú lloraste,
yo puedo llorar.
Señor,
enséñame a vivir el duelo
sin saltármelo.
Sin esconderlo debajo del trabajo.
Sin apagarlo con nada
que después me cobre caro.
Dame gente que se quede.
No la que me dice qué sentir:
la que se sienta a mi lado
y se calla conmigo.
Y dame el día
en que su nombre
me traiga más gratitud que dolor.
Sé que ese día llega.
Hoy no es.
Y está bien que hoy no sea.
Tú prometiste
que enjugarás toda lágrima.
Te tomo la palabra.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración cuando alguien está a punto de morir
Para la habitación donde alguien se está yendo. Una oración para acompañar, para soltar y para pedir los sacramentos a tiempo.
Señor Jesús,
aquí estamos.
Tú también pasaste por esta hora,
y dijiste en voz alta:
«Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu».
San Lucas, capítulo veintitrés.
Esas mismas palabras
las decimos hoy por él.
Padre,
en tus manos lo encomendamos.
Quítale el miedo.
Quítale el dolor.
Que no se sienta solo
ni un minuto.
Perdónale lo que cargue
y déjalo ir en paz.
Santa María,
intercede por él ahora
y en la hora de su muerte.
San José,
patrono de la buena muerte,
acompáñalo tú,
que moriste
con Jesús y María al lado.
Señor,
y a nosotros,
los que estamos aquí de pie,
danos algo que no tenemos:
calma en las manos
y palabras sencillas.
Que no perdamos el tiempo
en discusiones viejas.
Que digamos lo que hay que decir:
te quiero,
gracias,
perdóname,
te perdono,
puedes irte.
Esas cinco frases.
Nada más hace falta.
Y danos el valor de llamar al sacerdote
mientras todavía hay tiempo.
La unción de los enfermos
no es la señal de que todo terminó.
Es la Iglesia poniéndole a Cristo
en el cuerpo y en el alma
antes del viaje.
Que no se nos pase por miedo
a decirlo en voz alta.
Señor,
quédate en este cuarto.
Ya no cabemos nosotros solos.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración para dar gracias a Dios
Dar gracias cuando todo está bien es fácil. Esta oración es para dar gracias en un año difícil, sin mentir y sin fingir que no dolió.
Señor,
gracias.
Lo digo despacio
porque no me sale solo.
En el Evangelio
sanaste a diez,
y volvió uno.
San Lucas, capítulo diecisiete.
Los otros nueve
también quedaron sanos.
Pero solo uno
se quedó con Cristo.
Hoy quiero ser ese uno.
Gracias por lo que se ve.
Por la cama donde voy a dormir.
Por la comida que hubo hoy.
Por el trabajo, aunque canse.
Por los que me quieren aunque yo no sea fácil.
Y gracias por lo que no se ve.
Por la llamada que llegó a tiempo.
Por el accidente que no pasó.
Por lo que pedí y no me diste,
y que yo lloré,
y que hoy sé que me salvó.
Gracias por la gente
que me sostuvo
sin que yo me diera cuenta.
Señor,
también te doy gracias
por lo que todavía duele.
No porque el dolor sea bueno.
Sino porque no me dejaste solo dentro de él.
San Pablo escribió:
«Den gracias en toda circunstancia».
En toda.
No por toda.
Hay diferencia,
y esa diferencia me deja tomar aire.
Gracias también por este cuerpo,
que se queja
pero me trajo hasta aquí.
Por los ojos que leen.
Por las manos que trabajan.
Por el sueño de esta noche,
que es tuyo y no mío.
Hazme una persona agradecida, Señor.
No ciega.
Agradecida.
Que sepa ver lo bueno
sin negar lo malo.
Que diga «gracias» en voz alta,
a Ti
y a la gente.
Y que mañana,
cuando se me olvide todo esto,
me lo vuelvas a decir.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Oración para el trabajo
Para el que se levanta con el estómago apretado antes de entrar a trabajar. Una oración por el trabajo que tienes, por el que buscas y por el que te está consumiendo.
Señor,
otro día más.
Entro a este trabajo
con la mitad de la fuerza
que tenía hace un año.
Tú sabes lo que pesa.
El jefe.
Los números.
La gente que hay que aguantar.
La cuenta que no espera.
Tú trabajaste con las manos, Señor.
Treinta años en un taller,
antes de una sola palabra pública.
El trabajo no te es ajeno.
Ni el cansancio tampoco.
San Pablo escribió:
«Hagan lo que hagan,
háganlo de corazón,
como para el Señor
y no para los hombres».
Dame ese corazón hoy.
Aunque nadie me lo agradezca.
Y si estoy buscando trabajo,
Señor,
ábreme la puerta.
Que llegue la llamada.
Que alguien mire mi nombre
y no lo pase por alto.
Y mientras tanto,
que no me crea
que valgo lo que gano.
Mi valor no está en mi puesto.
Está en que soy hijo tuyo.
Dímelo cada vez que se me olvide.
Señor,
cuídame de convertir el trabajo en dios.
De llegar a casa
y no estar en casa.
De contestar el teléfono en la cena.
De llamar sacrificio
a lo que en el fondo es miedo.
Dame el valor de poner un límite.
De descansar sin culpa.
De guardar el domingo.
Tú mismo descansaste,
y no por falta de trabajo.
Y dame lo de hoy.
Tú lo dijiste:
«No se angustien por el mañana;
a cada día le basta su propio afán».
San Mateo, capítulo seis.
Solo hoy, Señor.
Solo el turno de hoy.
En el nombre del Padre,
y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
Amén.
Bloque tres
Jaculatorias
Una línea. Para repetir mientras caminas, mientras esperas, mientras respiras. No son oraciones recortadas: son un género entero de la tradición, hecho justo para los días en que no da para más.
«Jesús, en ti confío»
La de la Divina Misericordia. Cinco palabras y un acto de fe completo.
Jesús, en ti confío.
La oración del corazón
De los monjes del desierto. Se reza con la respiración: la primera mitad al inhalar, la segunda al exhalar.
Señor Jesucristo, Hijo de Dios,
ten piedad de mí, que soy pecador.
Más corta todavía
Jesús, ten piedad.
Es la que usa la herramienta de respiración 4-4 de la app.
«Dios mío, ven en mi auxilio»
Con la que la Iglesia abre cada hora de la Liturgia. Sirve para abrir cualquier cosa.
Dios mío, ven en mi auxilio.
Señor, date prisa en socorrerme.
«Hágase tu voluntad»
Cuando ya pediste y la respuesta no vino como querías.
Hágase tu voluntad, no la mía.
«Todo lo puedo en Aquel que me fortalece»
Filipenses 4, 13. Ojo: no dice que puedas todo tú. Dice en Aquel.
Todo lo puedo en Aquel que me fortalece.
«Jesús, María y José»
La jaculatoria de la buena muerte, y también la de los sustos.
Jesús, María y José,
os doy el corazón y el alma mía.
«Creo, ayuda mi incredulidad»
Marcos 9, 24. La dijo un padre desesperado, y Jesús lo curó igual.
Creo, Señor; ayuda mi incredulidad.
«María, ruega por mí»
Cuando no quieres hablar tú.
Santa María, Madre de Dios, ruega por mí.
«Gracias, Señor»
Dos palabras. Es oración completa, y es la que menos se reza.
Gracias, Señor.
«Habla, Señor, que tu siervo escucha»
1 Samuel 3, 10. Para empezar un rato de silencio.
Habla, Señor, que tu siervo escucha.